Jing Zhou
Hubei
depara algunas sorpresas para las que no necesariamente hay que ir muy lejos,
no necesariamente tienen que ser la visita de lugares con monumentos y llegar
no es necesariamente caro.
Por
casualidad en una fiesta de despedida en Pekín conocí a un chico de Jingzhou,
ciudad próxima a Xiantao. Nos cambiamos los contactos porque podía ser posible
que coincidiésemos algún día. Mi móvil desapareció en Pekin pero Jake , el
chico de Jingzhou, envió un mensaje a mi móvil indicándome que iba a estar en
su pueblo. Hacía tiempo que tenía pensado visitar Jingzhou porque una chica
argentina que también he conocido aquí vivía allí cerca de Jingzhou. El caso es
que quedé en ir y efectivamente al llegar a la estación, allí estaba Jake esperando
junto a su padre y otro familiar. El dijo que iba a ser mi guía turístico y así
fue. Al primer lugar que fuimos fue a las murallas. Con alrededor de 10 km de longitud y unos 9 metros de altura es el lugar más visitado de
la ciudad. Es interesante comprobar que todavía se conservan algunas viviendas
tradicionales chinas. Después de bromear con algunas de las armas que se
utilizaban en la ciudad, nos dirigimos hasta una de las puertas de la misma,
donde vía salchichas que colgaban… me dijeron que eran de cerdo y que sabían
muy buenas… no me lo creí.
No
iba a tardar mucho en comprobar si me gustarían o no esas salchichas. Tras
recoger a su madre nos fuimos los cuatro hasta un restaurante muy aparente, en
una sala privada donde pidieron platos de carne, verdura, pescado y varias sopas para que yo pudiese probar los
diferentes platos locales. Efectivamente las salchichas y la totalidad de los
platos eran excepcionales. Otro de los detalles del día fue el haberme llevado
el vino que hacían en su casa para que lo probase y les dijese mi opinión. Para
terminar, la hospitalidad china hizo que nos levantásemos de la mesa sin que yo
llegase a abrir la cartera en ningún momento desde que llegué.
El
mayor río de Asia pasa por Jingzhou y era obligada visita. La temperatura del
Yangtsé en invierno no era tan baja como la esperaba y de hecho había gente
bañándose en el río. También quedaba por visitar una pagoda del Siglo XVI. Lo
único que se nos quedó por visitar fue el museo, donde se conserva una momia
con más de 2000 años. Antes de ir a la estación de tren. Jake me compró unas
empanadillas chinas para el viaje de vuelta. Para despedirnos me dejo en la
misma puerta de la estación de tren, lugar al cual no acceden los vehículos.
Queda de este día para mí una nueva lección de lo importante que es poder
hablar inglés pero sobre todo de tolerancia y amabilidad. Aquí el extranjero
soy yo.
Para
terminar la jornada monte en el autobús que me llevaría de vuelta a casa. El
bus hizo su última parada, les indique si me podían dejar más adelante, el
autobús continuó, y tras agradecerles ese detalle, me contestaron “no hay de
que”, pero con una sonrisa de las de verdad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario